Tuesday, April 12, 2005

La deseperación es mala consejera

Hace alrededor de 7 años comencé a sufrir de la espalda. Recuerdo que fue el fin de semana que se dió el último concierto de "Rock entre las Piedras" en Altos de Chavón. Nos fuimos un grupo para Romana y yoi ba con mi novio en su Honda Civic Coupe. Cuando llegamos a Romana, no pude bajarme del carro. Un dolor intenso como nunca antes había sentido no me dejaba ni incorporarme en el carro. Fue una odisea sacarme y llevarme a la habitación. Lo achaqué a que no hicimos ninguna parada en el camino y que probablemente estaba medio cansada de un bonche de la noche anterior. Llamé a mi casa para decir que habíamos llegado bien y traté de olvidarme del episodio, traté siendo la palabra clave. Fue una odisea bañarme. Ni siquiera pude salir esa noche porque simplemente no podía moverme. Decidimos quedarnos en el hotel descansando ya que al otro día era el concierto y no me lo quería perder.
Del concierto honestamente recuerdo muy poco. Me vienen flashes de Toque Profundo tocando en pampers y de que C&C Music Factory tocó de último y tardísimo. Lo que más recuerdo es que el grupo que estaba detrás de nosotros se la pasó dándome patadas en la espalda. No se crean que me sentía bien; que va. Fui al concierto por cabeza dura, pero apenas podía caminar. ¡Oh juventud, divino tesoro!
De regreso a mi casa el dolor persistía, pero ya en menor cantidad. Poco a poco, a medida que transcurría el tiempo, sufría ligeros ataques de dolor, pero nada como lo que había sentido ese fin de semana del concierto. Cada vez, los dolores iban subiendo de intensidad.
Tiempo después la hermanita de mi amiga Martica, Rosa María, se casaba y yo estaba invitada a la boda. Estaba cambiándome en mi casa y cuando me fui a poner las medias de pronto me entró un dolo horrible en la espalda. No pude desdoblarme, me quedé privada del dolor y sólo pude arrancar a llorar. Entre sollozos llamé a Martica y le dije que no iba a ir, que ni siquiera podía moverme y que algo malo me estaba pasando.
Esa fue la gota que colmó la copa. Desde ese día comenzó mi calvario. No soy muy amiga de ir a médicos, así que seguí el tratamiento casero de quedarme tranquila en casa y tomar Voltarén y Cataflam. El problema fue que esta vez el dolor no cedió, más bien incrementó.
Al ver que no había mejoría, mis padres me convencieron de que fuera al médico. Luego de un reguero de análisis se determinó que tenía una hernia discal doble L5-S1. Que conste, cuando eso no estaba en sobre peso, pero sí cumplía los demás requisitos para que me diera eso: mala postura, hacer fuerzas innecesarias, cargar cosas demasiado pesadas, etc. Me dijeron que era muy joven para operarme y que preferían tratar de controlar la degeneración del disco (eso no se cura, se controla o se opera).
Comencé con un tratamiento intenso de medicamentos y terapia diaria. Duré 1 años visitando al fisioterapeuta todos los días, y aunque a veces el dolor se controlaba, no experimentaba mejoría.
Estaba en un estado crítico. Ya me habían inyectado anestesia epidural para el dolor, había ido donde un naturista que me daba un tratamiento con unas inyecciones en plena columna, todo y nada de mejoría. Estaba como los animales, en el piso. Caminaba, o mejor dicho, gateaba porque no me podía incorporar. Dormía en un colchoncito de 1 pulgada en el piso porque no me podía parar para subirme a la cama y estar en el piso era lo único que me calmaba un poco el dolor. Me pasé meses que no supe lo que era estar derecha; vivía en el piso literalmente, ya ni siquiera tenía fuerzas para llorar. Esa ha sido la experiencia más desagradable y dolorosa de mi vida.
Un día, por referencias, llegué donde el Dr. Santiago Valenzuela, que había operado a la abuela de una de mis mejores amigas de lo mismo que yo sufría. Al ver mi aspecto se compadeció de mí. Me dijo que no quería operarme y que iba a tratar de controlar el dolor. Intentamos por unso cuantos meses, pero las cosas iban de mal en peor...
No hubo más remedio que operarme. No fue una operación agradable ni una recuperación emocionante. Imagínense que durante todo 1 mes no pude sentarme ni doblarme, todo era derecha (imaginen la travesía para ir al baño), pero yo decía que era un dolor gustoso porque ni se asemejaba al que había pasado antes de la operación. El doctor me dijo que nunca había visto una hernia tan grande en una persona tan joven y que no se imaginaba cómo yo había aguantado tanto dolor.
Si creen que la historia termina ahí, siento desilusionarlos. Desde que uno sufre de eso, es más propenso a sufrirlo por el resto de su vida, y ese es mi caso. A veces me entran recaídas horribles (he tenido que quedarme acostada por más de 1 mes), a veces tengo que andar con bastón, en silla de ruedas o con una andadera (y eso es cuando puedo levantarme de la cama). Gracias a Dios descubrí la acupuntura y la apicultura (me ponen abajas para que me piquen), y después de eso mis recaídas han sido controladas, pero eso es algo de lo que voy a estar sufriendo toda mi vida. Los medicamentos me han causado gastritis y úlceras sangrantes, que a veces han viajado al "sur" y han tenido que operarme de eso.
No se crean que es una situación fácil. Me considero una persona aventurera (una vez fui a Los Haitises con un tobillo roto y sin yeso y me he tirado del bungee, aunque mi papá dice que eso fue lo que me fuñó la espalda), y saber que hay cosas que no voy a poder hacer en la vida me desespera. No obstante, me he tomado mis riesgos. Mi médico me dijo que nunca más podía ponerme zapatos de taco alto y me los pongo todos los días. Me dijo que ni pensara en patinar y ya lo he hecho varias veces. 1 año después de la operación me fui a Colorado con mi familia a esquiar y hasta aprendí a hacer snowboarding (en contra de los deseos de mis padres). He montado caballo, four wheels, mototres, he cargado cosas más pesadas de 5 libras, he bailado más de 8 horas de corrido (he visto al rubio salir en más de 1 ocasión y yo todavía dando los pasitos) y me he pasado más de 1 hora sentada de corrido. Cada vez que he ido a parques de diversiones me he montado en todos los rides (hasta en aquellos que dicen que están prohibidos para personas con problemas en la espalda). Claro está, cada vez que hago algo de eso pago las consecuencias, pero no puedo pasarme la vida viendo a los demás haciendo las cosas que yo misma quiero hacer sin intentar y saber si yo puedo, sobre todo cuando las quiero hacer.
Todavía me falta mucho por hacer. Quiero tirarme en paracaídas, ir white water rafting, quiero tirarme en parapente y en ala delta. Quisiera subir al Pico Duarte e ir al Valle del Tetero. Estoy loca por irme de camping y pasar mucha lucha. Quisiera poder aprender a bucear y poder hacer rapelling desde la ventana de mi cuarto. Hay muchas cosas que he probado y que realmente no puedo hacer (como por ejemplo, subir los 8 pisos de mi casa, la última vez que lo hice duré 3 semanas en cama), pero si no lo intento nunca lo sabré.
Esta situación es sumamente frustrante y depresiva para mí. A veces me pongo a pensar y me deprimo mucho, pero tengo que aceptar que soy una persona con limitaciones, que siempre lo seré y que probablemente termine mis días en una silla de ruedas. No han sido pocas las noches que me he acostado con lágrimas en los ojos pensando en todas aquellas cosas que nunca podré hacer. A veces me pongo rabiosa y de mal humor y me entran épocas en que me quedo trancada en mi casa porque siento un ligero dolor en la espalda y tengo miedo de lesionarme seriamente. Cada vez que me lesiono me pregunto si ésta será la última vez o si de ésta no me recupero y me quedo como una inútil en mi casa.
Es muy duro saber que, si Dios me bendice con hijos, no podré dar a luz de manera natural ya que esto sería una lesión segura. Que no podré cargar a mi bebé cuando llore, que no podré acurrurcarlo para dormir y que no podré levantarlo en el aire para celebrar algún triunfo. Gracias a Dios ya todo esto lo hice con mis sobrinos, pero me hubiese gustado poder hacerlo con mis hijos.
Me duele pensar que quizás nunca más pueda jugar volleyball (no lo he hecho desde que me operaron), que quizás un día cuando me despierte no me pueda levantar de la cama (como muchas veces me ha pasado), que cada vez que viajo debo llevarme mi faja ortopédica y mis medicamentos porque si me dá una sirimba en un país extranjero nada más que me fuñí. Que si me caigo no me puede levantar y hay que llamar a Movimed juyendo. Que cuando alguien de mi familia se enferma yo no puedo quedarme en la clínica cuidándolos porque es seguro que me lesione la espalda (una vez mi mamá y yo salimos las dos en sillas de ruedas de la clínica; ella porque la habían operado y yo porque me había lesionado durmiendo en el sofá de la habitación).
Temo al rechazo de la gente, al rechazo de una pareja porque, al fin y al cabo, soy y siempre seré una persona enferma. A veces le ruego a Dios para que mi dolor sea visible, ya que a veces pienso que no me creen cuando digo que me duele (no han sido pocas las personas que me han dicho que soy una ñoña y que eso no puede doler tanto). Siento tristeza cuando mis amistades hacen actividades en las que no puedo participar por mi impedimento físico.
Todas las noches cuando rezo, le pido a Dios que me de fuerzas para llevar esta cruz, que no se asemeja en nada a la que Jesús llevó por mí. Le pido fe para entender, fe para sobrellevar, fe para saber que esto que me pasa es por una razón superior que sólo Él conoce. Fe para aceptar Su voluntad y entender que nada de lo que me pasa es por mal, que soy su hija favorita y que todo lo que viene hacia mí es porque Él así lo ha querido, y que como Él lo ha enviado debe ser bueno, porque Él no hace nada malo. Esto me da fuerzas para seguir, por que se que mi Dios me ama y que nunca querrá nada malo para mí.
El que quiera estar a mi lado me querrá con todo y esplada podrida. Aprenderá a convivir con mis limitaciones y si no entiende esto, entoces no me conviene y el Señor me pondrá a alguien a mi lado que sí tenga la capacidad de entender lo que es vivir con una persona con limitaciones.
Por eso te entiendo, Polla, porque me imagino por lo que debes estar pasando. Sólo te pido que tengas fe y paciencia, y que estés segura que Dios está a tu lado, y que esto que estás pasando tiene un motivo que sólo Ël conoce. Que no debemos preguntarle por qué nos pasan las cosas, que debemos ser sumisos ante su deseos y debemos tener fe de que todo pasa por algo.
Dios te ama, Maru. Tú eres su hija favorita. El núnca te abandonará. Sólo pídele que te de fe y fuerzas para sobrellevar esto.
Te aseguro que esto pasará...
Te quiero mucho, m'ija....

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